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Fabulada

Primeras vecesEspañol (Uruguay)

La bicicleta roja

El taller del abuelo Ramiro estaba lleno de cosas a medio hacer: un barco sin velas, una silla con tres patas, un reloj sin agujas. Camila estaba ahí, con su bicicleta roja y su campera amarilla.

Quería llegar sola hasta el tronco hueco del fondo, sin poner los pies en el piso. Ese tronco repetía todo lo que se había dicho una hora antes. Nadie en el taller lo encontraba raro.

—Vos podés —dijo el abuelo, que lijaba el barco.

Camila empujó con un pie y subió. La bici se fue para un lado, y ella se fue para el otro. ¡Plaf! Quedó sentada en el aserrín.

—No puedo, abuelo —dijo.

Probó de nuevo, pero más rápido. La bici zigzagueó entre las latas de pintura y Camila volvió a caerse.

—Quizás más despacito —dijo el abuelo, sin dejar de lijar.

Camila pedaleó despacito. Miró sus pies, uno, dos, uno, dos. La rueda tembló como gelatina y otra vez terminó en el aserrín.

Se sacudió la campera y miró el tronco. Estaba lejos, grande y quieto. Se subió otra vez. Esta vez no miró los pies. Miró solo el tronco.

La bici dejó de temblar. Pasó junto al barco, junto a la silla, junto al reloj. ¡Ring, ring! sonó el timbre.

—¡Abuelo, mirá! —gritó—. ¡Voy derecha!

Frenó justo frente al tronco, con los dos pies en el aire y el corazón saltando. El abuelo dejó la lija.

Entonces el tronco habló con voz chiquita, la voz de Camila de una hora antes:

—No puedo, abuelo.

Camila se rio tanto que el timbre sonó solo: ring, ring. Y el tronco, clarito, se lo guardó para después.