Primeras vecesEspañol (Argentina)
Las medias de Delfina
Esa mañana, Delfina encontró una media de lunares y una media de rayas, y las dos eran suyas.
—Otra vez cambiaron de pareja —dijo.
Las medias de su casa siempre hacían eso. De noche se soltaban del cajón y se juntaban con otra. Nadie se asombraba. Mamá las ponía en fila, y a la mañana estaba todo distinto.
Pero hoy tocaba ir al doctor. Delfina quería llevar las dos medias de lunares, que eran las de la suerte.
Buscó en el cajón. Buscó debajo de la cama. Encontró una de lunares, pero la otra era verde.
—Vení, Delfina, se hace tarde —llamó mamá.
Entonces se puso la de lunares y la de rayas, y escondió los pies dentro de las zapatillas.
En el consultorio, la doctora Inés dijo:
—Sacate las zapatillas, que te pesamos.
Delfina apretó los dedos. Subió a la balanza en puntas de pie, con las medias raras bien a la vista.
—Muy bien. Ahora, a escuchar el corazón —dijo la doctora, y levantó un aparato con un redondel de metal—. Te aviso: está frío.
Delfina se encogió toda. Se tapó con la campera hasta las orejas.
—Frío no —dijo bajito.
La doctora esperó. No dijo «no seas miedosa». Estaba ahí para escuchar corazones, y tenía todo el tiempo.
Delfina miró el redondel. Pensó. Después estiró la mano.
—Prestame.
Lo frotó fuerte entre sus manos. Le echó aliento, como a un vidrio: «jaaa». Lo frotó de nuevo.
—Ahora probá —dijo.
La doctora se lo apoyó en la remera de Delfina. Ya no estaba frío. Estaba tibio como una taza.
—Qué buena idea —dijo la doctora.
Delfina se quedó quieta, quietísima. Y se oyó, allá adentro:
—Tum-tum. Tum-tum. Tum-tum.
—¡Soy yo! —dijo Delfina, y se rio.
Con cada risa se movían sus pies. La media de lunares y la media de rayas saltaban juntas, tum-tum, tum-tum, sobre el piso tibio del consultorio.