EmocionesEspañol (Colombia)
La cuchara de la mañana
En el columpio del porche, Luciana encontró una cuchara de plata, chiquita como un dedo. Ayer, en ese mismo lugar, había dejado su esfero brillante. Una corneja se lo había llevado. Las cornejas de aquel pueblo hacían así: se llevaban una cosa brillante y siempre devolvían otra.
—Esta cuchara es de alguien —dijo Luciana.
Quería devolverla. Pero su casa era nueva, el día era nuevo y ella no conocía a nadie. Lo más cerca era la casa de la cerca azul.
Luciana caminó hasta la cerca. Allí había un niño sentado en el pasto, con un tazón de natilla y las manos vacías. Miraba el tazón con cara de hambre.
Luciana abrió la boca. Las palabras se le quedaron pegadas.
Volvió a intentarlo. Solo le salió un susurro, y el niño no lo oyó.
Un trueno rodó muy lejos. El cielo se puso gris. Luciana apretó la cuchara y miró sus tenis. Entonces notó algo. El niño no tenía cuchara, y ella sí.
No necesitaba decir nada todavía. Golpeó la cuchara contra un palo de la cerca.
—Ting, ting.
El niño levantó la cabeza.
—¡Mi cuchara! —dijo—. La corneja se la llevó y dejó esta piedra.
Se la mostró. Era una piedra lisa y brillante.
—Yo soy Luciana —dijo ella, y esta vez la voz salió entera—. La corneja se llevó mi esfero.
—Yo soy Tomás.
Cayó la primera gota, y después otra. Los dos corrieron con el tazón, la cuchara y la piedra hasta el porche de Luciana. Llegaron justo antes de que la lluvia empezara fuerte.
Se sentaron en el columpio, que hizo cric, cric, cric. Tomás se comió la natilla, y Luciana le guardó la mitad de sus onces.
Arriba, la lluvia tamborileaba en el techo. En una rama, la corneja los miraba con la cabeza torcida y el esfero en el pico.
Cric, cric, cric, hacía el columpio.