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Fabulada

Familia y hogarEspañol de España

El conejito en la colina

—Mateo, el conejito de Lía se ha perdido —dice mamá—. Y ella no para de llorar.

Mateo se pone las botas y sale corriendo hacia la colina.

Lía es su hermanita nueva. Lleva tres días en casa y es pequeñita como un pan. Hoy llora y llora, y Mateo solo quiere una cosa: encontrar el conejito de lana que ayer se le cayó entre las flores.

Ha llovido, y la colina zumba bajito, mmmm, como siempre que llueve. Nadie lo encuentra raro. Las margaritas gotean. Las amapolas brillan.

Mateo busca entre las margaritas. Nada. Busca entre las amapolas. Nada.

Entonces ve una bola de pinchos, y debajo asoma una orejita de lana.

—¡Ese conejito es de mi hermana! —dice Mateo.

La bola de pinchos no se mueve. Es un erizo pequeño, dormido encima del conejito. Mateo tira de la oreja con mucho cuidado.

—¡Ay! —Los pinchos le pinchan el dedo.

El erizo gruñe y se hace aún más bola. Estaba aquí primero. Aquí está calentito y seco, y no piensa irse.

Mateo prueba otra vez. Le habla bajito, le pide por favor. Nada. Se sienta en la hierba mojada y suspira.

Entonces se agacha y escucha.

La colina zumba: mmmm. Mateo zumba con ella: mmmm. Despacito, la nariz del erizo sale de la bola. Huele, se estira, y los pinchos se le bajan como un abrigo que se desabrocha.

Un caracol pasa justo delante. El erizo da un respingo, ¡ñam!, y se va tras él, porque tiene hambre.

Mateo coge el conejito. Está un poco mojado y lleva una hojita pegada.

En casa, Lía sigue llorando. Mateo le pone el conejito en la mano, pero ella no calla.

Entonces se agacha, pega la boca a su oreja pequeñita y zumba: mmmm.

Lía abre los ojos. Deja de llorar. Sus dedos diminutos se cierran alrededor del dedo de Mateo, el que se pinchó.

Fuera empieza a llover otra vez, y la colina zumba muy bajito.