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Fabulada

Valentía y miedosEspañol de México

Mateo y el mapa mojado

Mateo quería llegar a la cima de la Colina Chata antes de que se hiciera de noche, para ver la primera estrella.

Era un explorador de verdad. Tenía sombrero, una cuerda y un mapa doblado en cuatro. Su perrita Canela iba detrás, moviendo la cola.

Caminaron junto al arroyo. Entonces Mateo tropezó, y plaf, el mapa se cayó al agua.

—¡Mi mapa! —dijo Mateo.

Lo sacó con las dos manos. El papel chorreaba y la tinta se había corrido. El camino parecía una mancha azul.

—No importa —dijo Mateo—. Soy un explorador valiente.

Siguió por un sendero, pero llegó a un montón de zarzas. Volvió y siguió por otro, pero llegó al mismo arroyo. Canela estornudó.

Mateo se sentó en una piedra y se rascó la cabeza. Miró la mancha azul. Miró el cielo. Miró otra vez el mapa.

—Canela, el mapa no sirve —dijo—. Pero la colina sí está ahí.

Se puso de pie y buscó la colina con los ojos. Allí estaba, redonda como un pan, con un solo árbol en la punta.

—¡Ya sé! —dijo—. No necesito el camino. Necesito el árbol.

Mateo apuntó con el dedo y echó a andar derecho hacia el árbol. Cuando una piedra grande le tapaba la vista, rodeaba la piedra y buscaba el árbol otra vez.

Subieron y subieron. Canela se paró de golpe junto a un tronco hueco. De adentro salió un erizo, que también iba de paso a casa y los miró muy ofendido.

—Perdón, señor —dijo Mateo, y le dejó el paso.

Por fin llegaron arriba. El árbol los esperaba, grande y quieto. Mateo se acostó en el pasto con Canela a su lado, y el pasto estaba tibio todavía.

Entonces el cielo se puso color durazno, y una luz chiquita se encendió justo encima de la rama más alta.

—Ahí está —susurró Mateo.

Canela suspiró largo, con el hocico sobre su chamarra. Y el mapa mojado, tendido sobre una piedra, se fue secando poquito a poco.