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Fabulada

Valentía y miedosEspañol de México

Leonardo y la linterna que no prendía

Leonardo quería dormir en casa de su abuela Tere, pero sin llorar ni una sola vez.

Era su primera noche fuera de casa. Traía su mochila, su conejo de tela y una linterna amarilla. La linterna era lo más importante, porque con ella el cuarto nunca se ponía del todo oscuro.

Su abuela apagó la luz grande. Leonardo apretó el botón de la linterna.

Nada.

Lo apretó más fuerte. Nada otra vez.

—Abuela, mi linterna no prende —dijo con voz chiquita.

—Ay, qué cosa —dijo la abuela—. Ábrela y mira.

Leonardo jaló la tapa de abajo. Jaló con las dos manos. La tapa no se movía, ni tantito.

—No se abre —dijo.

—Entonces buscamos otra luz —dijo la abuela, y se fue a la cocina a poner la leche a calentar.

Leonardo se quedó solo con su conejo. El cuarto olía distinto. El reloj hacía tic, tic, tic. Una sombra larga se estiraba en la pared.

Entonces Leonardo oyó algo. Un clic-clic-clic, bajito, detrás de la cortina.

Se acercó despacio y abrió un poquito la tela. Ahí estaba un grillo, sentado en el vidrio de la ventana, y encima de él brillaba la luna, redonda como una galleta.

—Hola —susurró Leonardo.

El grillo siguió cantando, porque era su hora de cantar y no tenía otra razón para estar ahí.

Leonardo miró la luna. Miró el cuarto. Ahora podía ver su cama, el reloj y hasta la sombra, que era nada más el abrigo de la abuela colgado de una silla.

Abrió la cortina de par en par. La luz blanca entró y se acostó sobre la cobija.

La abuela volvió con la leche tibia.

—Mira, abuela —dijo Leonardo—. Ya hay luz.

Se metió a la cama con su conejo. Afuera, el grillo cantaba clic-clic-clic, y la luna se quedó quieta en la ventana mientras la leche se acababa despacito.