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Fabulada

Valentía y miedosEspañol

Elena y el barquito que se mece

Elena quiere dormir toda la noche en el barco de su abuela, sin pedir que la lleven a casa.

Es su primera noche fuera de casa. Su maleta está junto a la litera, y Tomás, su osito de trapo, ya espera en la almohada.

—Buenas noches, Elena —dice la abuela, y apaga la luz—. Estoy aquí al lado.

—Buenas noches, abuela.

El barco se mece. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Afuera, un cable golpea el mástil: clin, clin, clin.

Elena aprieta a Tomás. Cuenta ovejas, pero las ovejas no caben en un barco. Se tapa la cabeza con la manta. Clin, clin, clin. Se oye igual, y además no ve nada.

De pronto, ¡PUM! Algo cae sobre el techo.

Elena se queda tiesa como una tabla. Después oye unos pasitos: tap, tap, tap. Alguien camina justo encima de su cabeza.

—¿Quién es? —susurra.

—Kruuu —contesta una voz ronca.

Es una gaviota. Elena la imagina sacudiéndose las plumas, dando dos vueltas y sentándose en su sitio de siempre. Ahí duerme todas las noches, aunque esta vez se le fue un poco el aterrizaje. La gaviota bosteza, kruuu, y ya no se mueve.

Elena baja la manta. Si la gaviota duerme ahí, será porque el techo es un buen lugar.

Entonces se fija en algo. El cable no suena cuando quiere. Suena cuando el barco sube: clin. Y otra vez cuando vuelve a subir: clin.

Elena respira con él. Arriba, clin. Abajo, aire afuera. Arriba, clin.

—Clin, clin, clin —dice bajito, y Tomás parece decirlo también.

Afuera, la gaviota esconde la cabeza bajo el ala. El barco se mece, más despacio. Y el cable sigue su cuenta, clin, clin, clin, mientras a Elena se le cierran los ojos.