Valentía y miedosEspañol (Uruguay)
Mateo y la silla mecedora
Mateo estaba metiendo su osito en la mochila, apretándolo bien para que entrara. Esa noche dormía por primera vez en la casa de la abuela Lela. Él quería dormir ahí, de verdad. Pero también quería que la noche fuera igual a las de su casa.
Lela le había preparado la cama en el cuarto del fondo. Todo olía a jabón y a pan.
—Listo, Mateo —dijo ella—. A dormir.
Mateo se acostó. El cuarto estaba oscuro y callado. Había un ruido que no conocía: crrric, crrric, crrric.
—¿Abuela? ¿Qué es eso?
—Ah, es la silla —dijo Lela, y se fue a lavar los platos.
Mateo se tapó hasta la nariz. Su cama de casa no hacía ruidos. Su cama de casa tenía la luz del pasillo.
Primero pidió un vaso de agua. Lo tomó todo, pero el crrric seguía.
Después pidió que dejaran la puerta abierta. Entró un poquito de luz, pero el crrric seguía.
Entonces Mateo se sentó y miró hacia el ruido. En un rincón había una silla mecedora, y se movía solita, adelante y atrás, adelante y atrás.
Mateo la miró un rato largo. Ya sabía algo: esa tarde se había sentado ahí a comer una mandarina. La silla se estaba acordando de él.
—Ah —susurró—. Sos vos.
Se levantó descalzo y agarró el osito. Lo sentó en la silla, bien al fondo.
—Mecelo vos —le dijo—. Yo tengo sueño.
Volvió a la cama. La silla seguía, crrric, crrric, pero ahora era el ruido de su osito, que no se quería ir a dormir.
Mateo cerró los ojos. Crrric, crrric, crrric, cada vez más despacito, hasta que la silla se quedó quieta, y se oyó la respiración de Mateo.