Valentía y miedosEspañol (Colombia)
Manuela y el gato de la tía
Manuela quiere dormirse en la casa de la tía Rosa, igual que una niña grande.
Es su primera noche lejos de casa. Trajo su pijama de lunas, su conejo de trapo y sus tenis nuevos, que deja junto a la cama. Tomó las onces con la tía, se lavó los dientes y apagó la luz.
Pero el sueño no llega.
—Aquí todo suena distinto —susurra Manuela.
En su casa, la nevera hace brrrr y papá tose despacito al otro lado de la pared. Aquí no hay brrrr ni tos. Solo un silencio muy grande, como una sábana sin arrugas.
Manuela cuenta ovejas. Llega a diez y se le pierden entre las cobijas.
Se tapa la cabeza. Ahora no ve nada y tampoco oye nada, y eso es peor.
—Aquí todo suena distinto —repite.
De pronto, plof. Algo suave cae sobre la cama. Manuela se queda quieta. Dos ojos amarillos brillan en la oscuridad.
Es Canela, el gato de la tía Rosa. No viene a consolarla. Viene porque esa es su cama favorita, desde mucho antes de que llegara Manuela. Da tres vueltas, se echa sobre los pies de la niña y se pone a trabajar con sus patas, amasando la colcha.
Manuela escucha. Del gato sale un ruido bajito, redondo y tibio, como una moto lejana.
—Eso suena a casa —dice, muy bajito.
Se parece a la nevera. Se parece a papá cuando duerme.
Entonces ella también hace el ruido, con la boca cerrada: mmmrrr, mmmrrr. Canela abre un ojo, la mira y sigue ronroneando, como si dijera que sí.
Los dos suenan juntos en la oscuridad. El conejo de trapo se queda quieto bajo su brazo y las lunas del pijama se vuelven pesadas.
Mmmrrr, mmmrrr, mmmrrr.
Y la casa de la tía Rosa se llena de un ruido pequeño y tibio.