Valentía y miedosEspañol de España
Los calcetines de la abuela
Debajo de la almohada de Valeria había un calcetín amarillo que no era suyo.
Era la primera noche que Valeria dormía fuera de casa. Dormía en la casa de la abuela Remedios, junto al arroyo, y quería dormirse sola, sin llamar a nadie. Pero la cama olía raro y la habitación estaba muy callada.
La última luz de la tarde se iba apagando en la ventana.
—Los calcetines cambian de pareja por la noche —dijo la abuela desde la puerta—. Siempre lo hacen. Voy a buscar el mío.
La abuela se fue por el pasillo, con su vela, mirando debajo de las sillas.
Valeria cerró los ojos. En su casa se oía a papá detrás de la pared, ronc, ronc. Aquí no se oía nada.
Contó ovejas. Eran siete y se le mezclaron. Se tapó la cabeza con la almohada. Entonces se oía menos todavía.
Se levantó descalza y fue hasta la ventana. Ya casi no había luz. Abajo, el arroyo hacía chof, chof, chof, sobre las piedras.
—Eso suena a alguien que respira —susurró Valeria.
Se quedó escuchando. Era un ruido tranquilo, de los que no se acaban.
Entonces tuvo una idea. Volvió a la cama, se puso el calcetín amarillo en un pie y, muy bajito, hizo el ruido de papá.
—Ronc, ronc.
El arroyo contestó desde abajo.
—Chof, chof.
—Ronc.
—Chof.
Valeria soltó una risita, y la risita salió con un pitido, y eso le hizo más gracia todavía.
La abuela asomó la cabeza.
—¿Quién ronca aquí?
—Yo. Y el arroyo. —Valeria levantó el pie—. Tu calcetín estaba conmigo.
—¡Ahí andaba, el sinvergüenza! —dijo la abuela, y se lo dejó puesto—. Quédatelo esta noche. Él también estrena cama.
La puerta se cerró despacio. Valeria tenía los pies calentitos. Dijo ronc, muy flojito, y el arroyo dijo chof, y después ya solo se oyó el agua.