Aprender a usar la bacinica — un cuento para dormir
En el Bosque de los Susurros, donde el viento siempre huele a hojas de eucalipto mojadas y la luz del sol se filtra como hilitos de oro entre las ramas, las flores de los jacarandás cantan una melodía muy suave cada vez que cae una gota de rocío. Allí vivía León, un cachorrito de león de melena corta y pies muy andariegos, que usaba siempre unos pañales de tela suave que hacían un ruidito de papel picado cuando corría.
Una tarde templada, León estaba armando una torre altísima con bloques de madera en el medio de su sala de juegos. De repente, sintió una cosquilla conocida y tibia en la panza, una señal de que su cuerpo quería vaciarse, pero no quería dejar sus juguetes ni por un segundo. Se cruzó de piernas, apretó los dientes y se balanceó de un lado al otro, sintiéndose muy incómodo y fastidiado porque la torre se balanceaba y su panza también.
Su mamá, que estaba sentada cerca tejiendo una manta de lana verde, lo miró con dulzura, dejó sus agujas de lado y se agachó a su altura.
—Veo que tenés muchas ganas de hacer pis, León, y te da un poco de rabia dejar de jugar —le dijo con voz mansa, sin apurarlo—. No pasa nada por parar un ratito. Tu bacinica roja está ahí al lado del árbol, esperándote. Yo me quedo acá cuidando que nadie toque tu torre de bloques hasta que vuelvas.
León miró su bacinica roja, que brillaba bajo la luz del sol como una manzana pequeña, y luego miró a su mamá. Respiró hondo, soltó un suspiro y decidió sentarse en ella, sintiendo el plástico tibio y liso bajo su colita. Al cabo de un momento, con un suspiro de alivio, el pis cayó y el cuerpo de León se sintió liviano y fresco otra vez.
Cuando volvió a la sala, la luz de la tarde era aún más cálida y dorada, y el olor a eucalipto parecía abrazarlo todo. Su torre seguía intacta. Desde ese día, León descubrió que su bacinica era un lugar seguro y rápido, y que el bosque siempre lo esperaba para seguir jugando con el cuerpo ligero y el corazón contento.