El secreto de la tierra mojada
En el Bosque de los Helechos Azules, donde las hojas crujen como papel de regalo bajo los pies y la luz del sol se filtra con un tono verde y tibio, el aire siempre tiene un secreto guardado que solo los duendes pueden descifrar. Allí vivía Thomas, un duendecito de orejas puntiagudas que siempre llevaba un cascabel de plata atado a su bota izquierda para no perderse entre la hierba alta.
Una tarde de verano, el cielo se vistió de un gris oscuro y pesado que asustó a las mariposas. Thomas se sentó en la raíz de un gran roble, con las rodillas apretadas contra el pecho y el ceño fruncido, sintiendo un fastidio enorme que le encogía el estómago porque la tormenta arruinaría su tarde de juegos.
La señora Ardilla, que recolectaba nueces en un cesto de mimbre, se detuvo a su lado y lo miró con dulzura.
—Tenés una cara tan larga que casi toca el suelo, Thomas —dijo ella, acomodándose los anteojos—. Estás enojado porque el cielo se cerró, ¿verdad? Tomá, sostené esta bellota dorada mientras esperás; a veces ayuda tener algo tibio en la mano.
Thomas apretó la bellota y respiró hondo. En ese instante, las primeras gotas pesadas cayeron sobre la tierra seca, y un aroma fresco, dulce y profundo inundó todo el bosque, subiendo desde el suelo como un abrazo invisible. Al oler la lluvia, el duendecito sonrió con todo el cuerpo, dándose cuenta de que el agua no venía a arruinar el día, sino a despertar los perfumes más hermosos de su hogar.
Cuando la tormenta pasó, la luz del sol volvió más brillante, reflejada en las gotas que titilaban como diamantes en las hojas azules. Desde aquel día, Thomas nunca más se escondió al ver una nube gris; al contrario, salía corriendo al camino para ser el primero en recibir el maravilloso olor de la lluvia.