El aroma de la tierra mojada
En el Bosque de los Helechos Azules el viento siempre olía a menta fresca, la luz del sol se colaba entre las ramas como hilos de miel templada, y las piedras del camino siempre estaban tibias, incluso cuando ya se había ocultado el sol. Allí vivía una pequeña puercoespín llamada Lila, que tenía las púas tan suaves como las hebras de un diente de león.
Una tarde gris, las nubes se pusieron pesadas y taparon el sol, anunciando la primera tormenta del otoño. Lila sintió un cosquilleo de impaciencia en las patitas porque quería jugar al aire libre, pero las primeras gotas empezaron a caer, obligándola a refugiarse bajo el gran hongo que le servía de techo. Desde allí, ver llover la ponía muy de mal humor.
Su vecino, un viejo tejón llamado Simón, se asomó desde su madriguera, la miró y cruzó el camino con paso lento bajo las hojas gigantes.
—Veo que tenés esa cara de aburrimiento que ponés cuando el cielo se cierra, Lila —dijo Simón, sentándose en el borde del hongo—. Yo no puedo apagar la lluvia, pero mirá lo que encontré en mi cocina; tal vez te guste.
Simón le tendió una taza de barro llena de té de jengibre calentito. Lila abrazó la taza con sus manos arqueadas, sopló el humo blanco y, al respirar hondo, sintió que el vapor se mezclaba con el aroma que subía del suelo del bosque. Era un olor dulce, limpio y profundo, el perfume de la tierra húmeda que despertaba después del calor. Lila cerró los ojos, aspiró con fuerza y sonrió; descubrió que la lluvia traía un perfume que no existía en ningún otro momento del año.
Pronto, el agua dejó de caer y una luz dorada y suave volvió a bañar las hojas mojadas, haciendo que todo el bosque brillara como si estuviera cubierto de diamantes.
Desde ese día, cada vez que las nubes grises tapaban el sol, Lila ya no se enojaba, sino que corría a sentarse junto a Simón para respirar juntas el aroma de la lluvia.