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Fabulada
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El olor de la lluviaES

El perfume de la tierra seca

En el Bosque de los Sauces Susurrantes el viento siempre olía a hojas limpias, la luz del sol se colaba entre las ramas como hilos de oro fino, y las piedras del camino siempre estaban tibias, incluso cuando ya era de noche. Allí vivía Sofía, una ranita de color verde brillante que tenía la costumbre de cerrar los ojos muy fuerte cada vez que se ponía a pensar.

Una tarde de verano, el cielo se cubrió de nubes grises y pesadas que taparon el sol, volviendo el aire denso y tibio. Sofía quería guardar el aroma de la primera lluvia de la temporada en un frasquito de vidrio para regalárselo a su abuela, pero el tapón de corcho era demasiado grande y no lograba cerrar la botella por más que empujaba con sus patitas húmedas. La ranita sentía una impaciencia enorme que le hacía dar saltitos nerviosos sobre la tierra seca, frustrada porque las primeras gotas ya empezaban a repicar sobre las hojas de los árboles.

Su vecino, un viejo sapo llamado Don Fulgencio, la miró desde su piedra con ojos mansos y le dijo:

—Veo que tenís mucha prisa y que te da rabia no poder cerrar ese frasco antes de que el agua moje todo, Sofía.

El sapo no intentó meter el corcho por ella; en cambio, se sentó a su lado y le ofreció una ramita de lavanda silvestre.

—A veces, si limás un poco los bordes con esto, las cosas entran mejor —comentó despacio.

Sofía respiró hondo, frotó el corcho con paciencia contra la corteza de un sauce y, de repente, el tapón encajó a la perfección justo cuando el olor a tierra mojada inundaba todo el bosque.

Al final de la tarde, la lluvia suave dejó paso a una luz dorada y templada que hacía brillar las gotas en las hojas. Desde ese día, Sofía y Don Fulgencio se sentaban juntos cada vez que soplaba el viento del sur, disfrutando del aire fresco sin apuro, sabiendo que el perfume de la tierra siempre volvía.