El primer día de escuela
En el pueblo de Los Olivos, donde el sol siempre brilla sobre las casas de adobe y el viento lleva el aroma de los árboles frutales, había un lugar tranquilo llamado La Plaza de la Fuente. Allí, el agua corría suavemente por la fuente de piedra y los niños jugaban bajo la sombra de los árboles. Luna, una niña de ojos grandes y cabello oscuro, vivía en una de esas casas y amaba escuchar el sonido del agua mientras se preparaba para el día.
Ese día, mientras se vestía para su primer día de escuela, Luna se dio cuenta de que no podía encontrar su mochila favorita. Buscó en su habitación, en el armario y debajo de la cama, pero no la encontraba por ninguna parte. Se sentó en el suelo, rodeada de papeles y juguetes, y se sintió frustrada. Su mamá, que estaba preparando el desayuno en la cocina, la vio y se acercó a ella. —Luna, vos estás muy inquieta —dijo su mamá, sentándose a su lado—. ¿Qué pasa? Luna le explicó que no podía encontrar su mochila y que se sentía muy triste. Su mamá la abrazó y le dijo —Vamos a buscar juntas, pero primero, comés un poco de pan para tener energía.
Luna se levantó y se sentó a la mesa con su mamá. Mientras comían, su mamá le contó historias de cuando ella era niña y había perdido su mochila en el primer día de escuela. Luna se rió y se sintió un poco mejor. Después de desayunar, salieron a buscar la mochila. La encontraron en el jardín, detrás de un arbusto. Luna se sintió aliviada y abrazó a su mamá. El sonido del agua de la fuente parecía más suave que antes, y la sombra de los árboles parecía más acogedora. A partir de ese día, Luna siempre recordó que, aunque las cosas pueden parecer difíciles, con un poco de ayuda y amor, todo puede salir bien. Y cada mañana, mientras se preparaba para ir a la escuela, escuchaba el sonido del agua de la fuente y sonreía.