El Primer Día de Escuela
En el jardín de la escuela, donde las flores amarillas bailaban al compás del viento y el sol brillaba sobre los bancos de madera, la pequeña Luciana se sentaba con su mochila nueva y su vestido favorito, ajustando sus zapatos brillantes.
Ese día, mientras esperaba a que suenan la campana, notó que la puerta del aula estaba cerrada y la maestra no aparecía. Luciana se sentía inquieta, mirando su reloj de pulsera por décima vez, y comenzó a sentir una sensación de frustración en su pecho.
De repente, su amiga Sofía se acercó y le preguntó: —¿Qué pasa, Luciana, por qué estás tan seria? —Luciana suspiró y respondió—: Me preocupa que la maestra no venga y no podamos entrar a la clase. Sofía asintió con la cabeza y dijo: —Veo que estás frustrada. ¿Quieres que te ayude a buscar un libro en tu mochila para que te distraigas un poco? Luciana sonrió levemente y aceptó la sugerencia.
Mientras buscaban el libro, la campana sonó y la maestra llegó con una sonrisa. La clase comenzó y Luciana se olvidó de su frustración. Al final del día, al salir del aula, el sol brillaba con más suavidad y las flores amarillas parecían bailar con más alegría.
Desde ese día, cada vez que Luciana se sentía inquieta, recordaba las palabras de Sofía y la manera en que una pequeña distracción podía ayudarla a superar su frustración. Y cada mañana, al sentarse en el jardín de la escuela, se ajustaba sus zapatos brillantes y sonreía, sabiendo que la amistad y la ayuda de Sofía estarían siempre allí para acompañarla.