Perder un diente flojo
En el jardín de la casa de Aria, donde las flores silvestres bailaban al compás del viento y el sol calentaba la tierra, siempre había un murmullo de abejas y un olor a miel que venía de la colmena que su papá cuidaba. Aria tenía el cabello largo y oscuro, y siempre llevaba una cinta de color rojo en la cabeza.
Una tarde, mientras estaba sentada en el porche, se dio cuenta de que su diente flojo se movía mucho, y estaba ansiosa por que cayera, porque quería ver al ratoncito que, según su mamá, se lo llevaría a cambio de un regalo. Pero aunque lo movía con el dedo, no caía. Aria se sentía frustrada, y su boca se ponía tensa cada vez que intentaba sonreír.
—Estás frustrada, ¿verdad? —le preguntó su mamá, sentándose a su lado—. Vos querés que ese diente caiga ya, ¿no? —Aria asintió con la cabeza, y su mamá continuó—: Bueno, no te preocupes, que va a caer cuando tenga que caer. Mientras tanto, ¿querés un poco de miel de la colmena de papá? Aria asintió de nuevo, y su mamá le dio un poco de miel en un trozo de pan.
Aria se comió el pan con miel, y se sintió un poco mejor. Siguió jugando en el jardín, y de repente, mientras corría, sintió que su diente flojo se movía demasiado. Se detuvo, se llevó la mano a la boca, y ¡el diente había caído! Aria se sintió emocionada, y corrió a mostrarle el diente a su mamá.
Esa noche, Aria se fue a la cama con el diente bajo la almohada, y al día siguiente, encontró un pequeño regalo en su lugar. Desde ese día, cada vez que miraba al jardín, recordaba la emoción de perder su primer diente, y el sabor dulce de la miel que su mamá le había dado. El murmullo de las abejas y el olor a miel seguían siendo los mismos, pero ahora, para Aria, tenían un significado especial.