Valentía y miedosEspañol (Colombia)
Camilo y el paraguas sin mango
Camilo era el único niño del pueblo que dormía con un paraguas abierto sobre la cama. Le gustaba cómo se veía, amarillo, como un sol pequeño en el techo.
Esa noche quería una sola cosa: dormirse antes de que llegara la tormenta.
Pero la tormenta llegó antes. Primero fue un rumor lejano. Después, ¡PUM!, un trueno sacudió la ventana.
Camilo se escondió bajo la manta. Contó hasta diez. Nada cambió.
—Voy a pedir ayuda a mamá —susurró.
Bajó por el pasillo con el paraguas en la mano. Pero en la cocina había una luz pequeña, y mamá no estaba. Sobre la mesa había una nota: «Fui a cerrar el gallinero. Vuelvo enseguida».
Camilo suspiró. Volvió a su cuarto y se puso los tenis. Si no podía dormir, al menos iba a mirar la tormenta de frente.
Abrió la puerta de la casa. El viento olía a tierra mojada. Y entonces oyó algo: «pip, pip, pip». Debajo del escalón, una gallinita mojada temblaba entre las hojas.
—¿Tú también te escapaste? —preguntó Camilo.
—Pip —dijo ella.
No quería volver al gallinero sola. Camilo lo entendió enseguida. Intentó cargarla con una mano, pero la gallinita se soltó y corrió hacia el charco. Intentó llamarla con voz suave, y ella se metió más lejos.
Entonces se le ocurrió algo. Camilo abrió el paraguas amarillo y lo dejó en el suelo, boca abajo, como una barquita seca. La gallinita lo miró. Dio un saltito y se subió.
—Ahora vamos —dijo Camilo.
Arrastró el paraguas por el camino, despacito, con la gallinita dentro. Cada vez que sonaba un trueno, ella decía «pip», y Camilo decía «pum» más bajito. Pip. Pum. Pip. Pum. Casi parecía una canción.
En la puerta del gallinero esperaba mamá con la linterna.
—¡Ahí estabas! —dijo, y sonrió.
La gallinita se metió entre las otras plumas. Camilo cerró el paraguas y volvió a su cama. Afuera, la lluvia caía suave sobre el techo, pip, pum, pip, y él cerró los ojos.