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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Argentina)

Lautaro y la luz del pasillo

—Shhh, shhh —oyó Lautaro, y se quedó quieto en el sleeping, con los ojos bien abiertos.

Era su primera noche en la casa de la abuela Nelly. Él quería dormirse rápido, como en su cama de siempre. Pero esta casa sonaba distinto. Tenía un tic-tic en la pared y un ronroneo allá lejos.

—Shhh, shhh —volvió a oír.

Lautaro se sentó. Agarró a Pancho, su conejo de trapo, y juntos se asomaron al pasillo.

El sonido venía de la cocina. Lautaro caminó despacito, pasito a pasito, con los pies descalzos sobre el piso frío. Abrió la puerta de la cocina.

Nada. Solo la heladera, zumbando bajito.

—¿Serás vos? —le preguntó.

La heladera siguió zumbando. Pero el «shhh, shhh» seguía llegando de otro lado.

Lautaro probó con la ventana. La abrió un poquito, y entró el aire de la noche. Nada. Probó con el ropero del pasillo. Abrió una puerta, y casi se le cae encima una pila de toallas. Nada.

—Pancho, no sé qué es —susurró.

Entonces se quedó callado, como cuando se juega a las escondidas. Escuchó con las orejas bien grandes. El «shhh, shhh» venía y se iba, venía y se iba, siempre con el mismo ritmo.

Lautaro miró el patio por el vidrio. Había una manguera enroscada y, al lado, una regadera vieja colgada de un clavo. Una brisa la movía de un lado a otro. Dentro, algo rodaba. ¡Eran semillas secas de girasol!

—Shhh, shhh —hacía la regadera, como una maraca.

Lautaro se rio, y el chiste se le escapó más fuerte de lo que quería.

—¿Lautaro? —llamó la abuela desde su cuarto, con voz de sueño—. ¿Todo bien, mi vida?

—Todo bien, abuela —dijo él—. Es la regadera. Está cantando.

—Ah, qué bueno —dijo la abuela, y bostezó.

Lautaro volvió al pasillo con Pancho bajo el brazo. Se metió en el sleeping y se tapó hasta la nariz.

Tic-tic, hacía la pared. Zzzz, hacía la heladera.

Y allá afuera, la regadera seguía meciéndose: shhh, shhh, shhh, shhh, cada vez más despacito.