Imaginación y fantasíaEspañol (Argentina)
El autito rojo de Tomás
—¡Brum, brum, glug, glug! —escuchó Mateo desde la orilla del río Uruguay, y corrió bien rápido para ver qué pasaba.
Ahí estaba Tomás, su hermano mayor, buscando en el agua. El autito rojo de Tomás, el que tenía ruedas amarillas y una luz chiquita en el techo, se había caído al río. El autito flotaba despacio entre los juncos, lejos de sus manos. Tomás quería recuperar su juguete favorito antes de que el agua se lo llevara lejos.
Mateo buscó una rama larga. Se agachó sobre las piedras húmedas y estiró la rama con fuerza.
—Agarrate, autito —dijo Mateo.
Pero la rama era corta y solo empujó un poquito de agua. El autito rojo dio una vuelta sobre sí mismo, como un patito distraído, y se alejó un paso más.
Un carpincho enorme salió de los yuyos, con el lomo mojado y los ojos entrecerrados. El carpincho no estaba ahí para ayudar; solo quería comer unos pastos tiernos cerca del agua. Se sentó con un suspiro pesado y puso sus patas grandotas justo al lado de Mateo.
Entonces Mateo miró las huellas del carpincho en la arena húmeda. Las huellas brillaban con un fuego suave de color verde, como si tuvieran luciérnagas adentro. Mateo se dio cuenta de algo. Las pisadas del animal formaban un camino alto de piedras y barro que entraba un poco en el río.
Mateo caminó despacio sobre las huellas brillantes. El agua fresquita le mojó los tobillos. Estiró los brazos todo lo que pudo y enganchó el autito rojo justo de la luz del techo.
—¡Lo tengo, Tomás! —gritó Mateo.
El autito rojo echó un chorrito de agua por la ventana. Tomás lo agarró, le secó las ruedas amarillas con su remera y lo hizo rodar sobre la panza tibia del carpincho, que siguió comiendo pasto sin moverse.