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Fabulada
Español (Argentina)333 palabras

La princesa del bosque

El patio de piedra tenía musgo entre las grietas y un portón de hierro tan viejo que el óxido le pintaba flores rojas en los bordes. A esa hora del mediodía todo estaba quieto: ni una hoja se movía, ni un pájaro cantaba, solo el sol caía derecho sobre las piedras y las calentaba como pan recién horneado.

Desde el balcón más alto, Olivia miraba ese portón todos los días. Ella se llamaba a sí misma la princesa del bosque, porque del otro lado de esas rejas empezaban los árboles, y alguien tenía que cuidarlos.

—Hoy lo voy a abrir —dijo, bajando la escalera de piedra hasta el patio.

Puso las dos manos sobre el hierro frío. Empujó con todo el cuerpo, con los hombros, con la respiración apretada entre los dientes. El portón no se movió ni un centímetro.

León, que era el chico más quieto del castillo y sabía mirar las cosas mejor que nadie, se sentó en un escalón a observar.

—Empujá más fuerte —dijo, con los ojos bien abiertos sobre el portón.

Olivia empujó de nuevo. Nada. El hierro seguía frío y quieto bajo sus manos, como si la piedra del gozne se hubiera vuelto una montaña.

—Es raro —dijo ella, jadeando—. Cuando vos mirás, no se mueve.

León levantó las cejas, pero no dijo nada: apartó los ojos del portón y se puso a mirar una nube que pasaba, redonda como un ovillo de lana.

Olivia cerró los ojos también. Sintió el hierro solo con las palmas, el óxido rugoso, el peso dormido de las bisagras. Empujó despacio, sin mirar, escuchando su propia respiración.

El portón crujió y se abrió de golpe, como si hubiera estado esperando justo eso.

Subieron los dos al balcón, cansados y contentos, y se sentaron juntos bajo una sola manta de lana que les cubría las cuatro rodillas.

—Mañana entramos —dijo Olivia, mirando el bosque abierto allá abajo.

León solo asintió, mirando con cuidado cómo el viento empezaba a mover las primeras hojas.