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Fabulada

Valentía y miedosEspañol de España

Alma y el fuerte de cojines

Alma quería dormir esa noche en su fuerte de cojines, y nadie iba a quitárselo.

Lo había hecho con todos los cojines de la casa: los del sofá, los de las sillas y hasta el de la gata. Encima puso una manta grande, como el techo de un nido.

Pimienta, la gata, entró la primera. Se enroscó y cerró los ojos.

Alma apagó la linterna. Y entonces el cielo hizo: ¡PUM!

Era una tormenta. La lluvia tamborileaba en la ventana y un relámpago pintó el salón de blanco. Pimienta dio un salto y se escondió bajo la manta con las orejas pegadas.

—Solo es el cielo —dijo Alma—. Solo es el cielo.

Pero no estaba muy segura. Se tapó la cabeza con un cojín. Otro ¡PUM!, y el cojín no ayudó nada.

Probó a contar, como le había enseñado su madre. Uno, dos... Pero el trueno llegó en el dos y se le enredó la cuenta.

Entonces Alma se fijó en una cosa. Siempre venía primero la luz. Y después, un poquito después, el ruido.

—¡Pimienta, mira! Primero la luz y luego el pum. ¡El cielo nos avisa!

Salió del fuerte, cogió una olla y una cuchara de palo, y volvió corriendo.

Cuando el relámpago encendió el salón, Alma levantó la cuchara. ¡PUM!, hizo el cielo. ¡Pum!, hizo la olla. Sonó tan pequeño y tan tonto, como una cucharada contra una sopa, que Pimienta sacó la nariz.

—Otra vez —dijo Alma.

Luz. ¡PUM!, el cielo. ¡Pum!, la olla. Y Pimienta maulló, un poco tarde, como si también quisiera contestar.

Alma se rio tanto que se le cayó un cojín del techo.

Papá asomó por la puerta con el pelo revuelto.

—¿Vosotras dos seguís despiertas?

—Estamos contestando —dijo Alma.

—Pues contestad bajito, que el cielo ya está cansado.

Y era verdad. Los truenos se fueron yendo lejos, cada vez más pequeños, hasta sonar como una puerta cerrándose en otra casa. Alma dejó la olla a su lado. Pimienta se subió a sus pies y empezó a ronronear, y la lluvia, ya suave, siguió tamborileando en la ventana.