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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Uruguay)

Los zapatos del explorador

Mateo encontró un zapato de lluvia, grande y amarillo, colgado de una rama. Dentro del zapato había un mapa.

—¡Un mapa! —dijo Mateo—. Soy explorador y voy a encontrar el tesoro.

Se puso la campera, se colgó la mochila y miró el cielo. Allá lejos, una nube gris venía despacito.

—Tengo que llegar antes de que llueva —dijo.

Pero el mapa estaba roto. Le faltaba un pedazo justo donde decía cómo seguir. Mateo caminó hasta el arroyo y se quedó pensando.

—Primero, el puente —dijo—. Después, no sé.

Cruzó el puente. Tap, tap, tap. Al otro lado había dos caminos. Eligió el de la derecha, pero terminó en un gallinero lleno de gallinas que lo miraron muy serias.

—Perdón —dijo Mateo—. Me equivoqué.

Volvió y probó el de la izquierda. Ese terminaba en un charco enorme. Mateo suspiró.

—Un explorador valiente no se rinde —se dijo—. Pero un explorador valiente también mira.

Y miró. Miró el mapa, miró el zapato amarillo, miró otra vez el mapa. El zapato tenía una huella pintada en la suela. Una huella de zapato grande.

—¡Eso es! —gritó—. ¡Las huellas!

Buscó en el barro y encontró una igualita, y otra, y otra. Las siguió, una por una, saltando el charco. Las huellas subían una lomita y se paraban al lado de un árbol viejo.

Debajo del árbol había un cofre chiquito. Mateo lo abrió. Adentro había una sola cosa: un zapato de lluvia amarillo, el que hacía pareja.

En ese momento cayó la primera gota. Plop.

Mateo se puso los dos zapatos, se metió bajo las ramas y escuchó la lluvia. Plic, plic, plic, sobre las hojas, mientras sus pies se quedaban bien secos.