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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Argentina)

Pompón en el altillo oscuro

—No quiero que se haga de noche —dijo Ignacio, agarrado a la campera de su mamá.

Tenía cinco años y le daba miedo la oscuridad. Pero Pompón, su osito, se había quedado arriba, en el altillo del granero, entre la paja. Y sin Pompón no se dormía.

—Yo tengo que cerrar el gallinero —dijo mamá—. Voy a estar cerquita. Llevá la linterna de abuela.

Ignacio subió la escalera. Un escalón, otro escalón. Arriba todo estaba gris y azul, y la paja parecía una montaña dormida.

—Pompón —susurró—. ¿Dónde estás?

Prendió la linterna. La luz era chiquita y solo mostró una horquilla, una telaraña, nada de osito. Todo lo demás era negro, y el negro parecía mirarlo.

Entonces probó otra cosa. Metió las manos en la paja y buscó a ciegas. Pinchaba. Hacía cosquillas. Pero no había osito.

—Mamá, no lo encuentro —dijo con la voz finita.

—Estoy acá —contestó ella, entre cacareos—. Contame qué ves.

Ignacio movió la linterna. Su sombra se estiró por la pared, con una mano enorme. La levantó, y la mano enorme saludó.

—¡Ja! Me copia —se rio.

Pero la linterna se le resbaló, hizo clac y se apagó. Todo quedó negro. Ignacio apretó los ojos. Contó hasta tres. Después los abrió despacito.

El negro no era todo negro. Entre las tablas del techo entraban rayitas de luna, finas como hilos de leche. Una caía sobre la paja, y en la punta brillaba un botoncito marrón.

—¡El ojo de Pompón!

Lo sacó de un tirón. Una nube de polvo le hizo cosquillas en la nariz.

—¡Ach… chíss!

El estornudo rebotó en las vigas. Arriba, una lechuza que salía a cazar contestó: «¡Uuh!». Pasó por la ventana, suave como una bufanda, y se perdió en el cielo.

—¿Escuchaste, mamá? —gritó Ignacio—. ¡Me contestó!

Se guardó la linterna apagada en el bolsillo y bajó con Pompón bajo el brazo. Un escalón, otro escalón. Abajo, las gallinas murmuraban dormidas, y la mano de su mamá estaba tibia.