Valentía y miedosEspañol
Elena y la maceta
Elena oye un plic, plic, plic en la ventana y salta de la cama para mirar. Está lloviendo.
En el patio está su girasol, en una maceta azul. Lo plantó ella sola y solo tiene dos hojitas. Elena quiere que crezca tan alto como la puerta, y la lluvia fuerte lo puede aplastar.
Se pone las botas encima del pijama y sale con una sábana. La tiende sobre la maceta. Pero el viento se la lleva y la sábana vuela hasta la valla.
—Ahora no, viento —dice Elena.
Prueba con una caja grande. La pone boca abajo sobre el girasol. El viento la empuja y la caja rueda por el patio como una pelota.
—Ahora no, viento —dice otra vez, con la cara mojada.
¡BUM! Suena un trueno largo. Elena se agacha y mira a su alrededor. Las hojas de la planta del vecino se agitan mucho. Pero junto a la pared de la casa, nada se mueve. Allí no llega el viento.
—¡Ahí! —dice.
Agarra la maceta con las dos manos y la arrastra hasta la pared, paso a paso. Cuando la deja en el suelo, algo pequeño y con púas sale de debajo del banco.
Es un erizo. Está empapado y busca un lugar seco para pasar la noche. Huele la maceta, huele las botas de Elena y hace:
—¡Achís!
Elena se ríe tanto que casi se sienta en un charco.
—Tú no eres para comer hojas —le dice—. Pero si quieres, quédate.
El erizo da una vuelta y se hace una bola junto a la maceta.
Elena se sienta en el escalón de la puerta. La lluvia golpea el tejado, rápida y fuerte, pero al girasol no le toca ni una gota. El erizo respira con un ronquidito, y las dos hojitas verdes se quedan quietas, quietas, mientras el trueno se va lejos.