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Fabulada

Valentía y miedosEspañol de España

La ratona del armario

Una noche, de la manga del abrigo de Emma salió una vocecita: «Chsss, chsss».

Emma se quedó quieta en la cama. No tenía miedo, solo muchas ganas de saber qué decía aquella voz. Sin saberlo, no iba a poder dormir.

Fue de puntillas y pegó la oreja a la puerta del armario.

—Chsss, chsss —dijo la voz.

No se entendía nada.

Emma abrió la puerta de golpe. Silencio. Solo había abrigos, zapatos y una bufanda larga. Cerró la puerta. Otra vez: «Chsss, chsss».

—¿Qué dices? —susurró Emma.

Nadie contestó.

Lo intentó de nuevo, más despacio. Abrió una rendija. La voz se calló. La cerró. La voz volvió.

Emma pensó un rato. La voz se callaba cuando entraba la luz. Entonces apagó la lámpara, se metió dentro del armario y se sentó entre los zapatos, con la bufanda sobre las rodillas. Esperó. El armario olía a lana.

Algo suave le hizo cosquillas en el tobillo. Era una ratona gris, con una pelusa más grande que su cabeza, que subía por la bufanda.

—Una pelusa, dos pelusas… —susurraba—. Chsss, ¿dónde está la tercera?

—¿Estás contando? —preguntó Emma muy bajito.

—Cuento las pelusas de mi nido. Si me equivoco, empiezo otra vez.

—Pues yo te ayudo.

Emma cogió una pelusa del suelo. Le hizo cosquillas en la nariz, y…

—¡Achís!

Las pelusas salieron volando como un enjambre de nubecitas.

—¡Mis pelusas! —gritó la ratona, y dio una voltereta.

Las dos se rieron con la mano en la boca, para no despertar a la casa.

—Vuelvo a empezar —suspiró la ratona.

Emma se acomodó en la bufanda, y la ratona se acomodó en su rodilla.

—Una pelusa, dos pelusas… —susurraron juntas.

Las palabras sonaban como lluvia fina sobre el tejado. Chsss, chsss. Los abrigos colgaban quietos y calentitos, y los ojos de Emma se fueron cerrando en la oscuridad suave del armario.