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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Uruguay)

La sombra dormilona

Al despertarse, Sofía encontró su sombra todavía acostada en la almohada, hecha un ovillo.

—Ya te alcanza —dijo mamá, sin sorprenderse—. Las sombras llegan despacito, siempre. Al mediodía se juntan con vos.

Eso era lo normal. Lo que Sofía quería hoy era otra cosa: dormir esta noche en una casita de sábanas, en la huerta, entre el romero y las abejas. Pero tenía un secreto. Le daba miedo la oscuridad.

Primero colgó la sábana entre dos palos. El viento se la llevó, flap, hasta las tomateras. La colgó otra vez, con broches. El viento se llevó la sábana y también los broches. Sofía se sentó en la tierra y pensó.

Entonces miró las macetas. Eran pesadas y redondas. Puso una en cada punta de la sábana. El viento sopló y sopló, y la sábana se quedó quieta como un techo.

Cayó la tarde. La huerta se fue poniendo oscura, como si alguien la tapara con una frazada. Sofía se metió en la casita con su conejo de trapo. No se veía ni los pies.

—Uuu.

Sofía se quedó dura. Algo grande se movía arriba de la cerca. Era una lechuza, mirando las polillas que daban vueltas alrededor del farol. No miró a Sofía ni un segundito. Tenía su cena, y estaba muy ocupada.

—Ah —dijo Sofía bajito—. Vos también estás acá de noche.

Se quedó escuchando. Las abejas zumbaban medio dormidas en su colmena, mmm, mmm. El romero olía igual que de día. Nada había cambiado, salvo la luz.

Sofía apoyó la mano en la tierra tibia.

—Despacito —susurró—. Ya llega.

No sabía bien con quién hablaba. Quizás con su sombra, que venía lenta desde la cama. Quizás con el sueño.

Afuera, la lechuza dijo otra vez «uuu». La sábana se movió apenas, como si respirara, y las macetas se quedaron en su lugar.