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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Argentina)

El secreto de Mateo

Mateo tenía unas orejas tan pero tan grandes que podía escuchar el susurro de una hormiga al caminar. Esa noche de fiesta, Mateo quería ver los fuegos artificiales desde la ventana de su cuarto. Su papá le había prometido que cuando el cielo se pusiera negro, las luces iban a brillar como caramelos de colores.

De pronto, la primera luz estalló en el aire. ¡Pum! El sonido fue gigante, como si un gigante golpeara un tambor adentro de la pieza. Mateo se asustó y se tapó la cara con la almohada. Los ruidos fuertes le hacían doler sus orejas enormes. Su gata Mimí estaba echada en el sillón, lavándose una pata tranquilamente porque a ella solo le importaba buscar un rincón tibio para dormir.

Mateo quería ver las luces rojas y verdes, pero sin escuchar ese trueno horrendo. Primero intentó taparse los oídos con los puños, pero los brazos se le cansaban. Después probó ponerse la campera en la cabeza, pero no veía nada y se chocó contra la cómoda.

Entonces, Mateo miró a su oso de peluche en la cama. El oso tenía dos orejas redondas y suaves. A Mateo se le ocurrió una idea brillante: agarró dos medias de lana bien peludas, bien gruesas, y se las puso en las orejas como si fueran dos gorritos flojos.

Salió despacio a la ventana. Otro cohete subió al cielo. ¡Fsss! Mateo escuchó un soplido suave, muy chiquito, como el aire saliendo de una pelota. En el cielo oscuro se abrió una flor enorme de luz dorada que flotó un rato largo. Mateo sonrió, apoyó la nariz contra el vidrio frío y vio cómo las chispas azules caían despacito sobre los techos de las casas.