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Fabulada

Español de España

Monty el perrito y la pelota roja

Monty corría por el jardín dando saltitos, empujando su pelota roja con el hocico. Monty era un perrito pequeño, con las orejas caídas como dos hojas de lechuga, y lo único que quería en ese momento era jugar con su pelota antes de que sonara la campanita de la cena.

De repente, la pelota rodó y rodó, y se escapó por debajo de la verja del jardín. La verja no chirriaba como las demás verjas. Cantaba. Cada vez que se movía sonaba: "cling, clonc, cling", como una campanita chiquita. A nadie en el jardín le parecía raro. Así era esa verja, y ya está.

Monty metió el hocico por el huequito de abajo, pero el hueco era muy pequeño y solo consiguió llenarse de tierra la nariz.

—Achís —dijo, sacudiendo la cabeza.

Después intentó saltar por encima. Saltó una vez, saltó dos veces, pero la verja era demasiado alta para sus patitas cortas.

En lo alto del muro, una gata gris se estiraba al sol, sin prisa por nada. Movía la cola despacio, de un lado a otro, mirando las nubes.

Monty se sentó, cansado, y miró la verja. Entonces vio que el viento la empujaba un poquito, y que cuando cantaba su nota más larga, "clííín", se abría un poco más de lo normal.

Monty esperó. El viento sopló otra vez. La verja cantó su nota larga: "clííín". Monty metió el cuerpo entero por el hueco, justo a tiempo, y llegó hasta la pelota roja entre las flores.

La agarró con el hocico y volvió corriendo, justo cuando la verja se cerraba detrás de él con un último "cling".

En ese mismo instante sonó la campanita de la cena, tan clara y contenta como la propia verja.