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Fabulada

Valentía y miedosEspañol

Bruma en la Montaña Pequeña

La Montaña Pequeña tenía un camino de piedras, un árbol torcido y una puerta en el tronco que siempre se abría al cuarto que alguien había barrido más tarde. Nadie allí lo encontraba raro.

Sofía era exploradora. Llevaba un sombrero grande, una mochila con un bocadillo y un mapa que había dibujado ella misma. Ese día quería llegar a la cima para ver el mundo desde arriba.

—Vamos, mochila —dijo—. Un paso, otro paso.

Subió y subió. De pronto llegó la niebla, blanca y espesa como leche, y Sofía ya no vio el camino.

—Ay, no —dijo—. ¿Y ahora por dónde?

Probó con el mapa, pero el mapa solo mostraba piedras que ella no podía ver. Probó a gritar: «¡Ooooh!». Nada le contestó, solo la niebla.

Entonces oyó un ruido pequeño: ¡plop, plop, plop! Era un sapo gordo que saltaba de piedra en piedra.

—¿Adónde vas? —preguntó Sofía.

—A mi charco —dijo el sapo—. Hoy toca ranas y sapos a cenar. Yo no te llevo a ningún lado, exploradora.

Y siguió saltando: plop, plop, plop.

Sofía se quedó quieta. Pensó. «Las piedras suenan cuando el sapo salta sobre ellas, y el sapo siempre pisa el camino».

Sacó el bocadillo, lo partió y dejó un trocito en cada piedra, bien despacio. Así no se perdería. Después tocó el suelo con la mano y siguió el plop, plop, plop, un paso, otro paso.

Poco a poco, la niebla se hizo fina. Luego se rompió como una tela vieja, y el sol salió de golpe.

Sofía estaba en la cima. Abajo, las nubes parecían ovejas dormidas. Allá lejos se veía el árbol torcido, pequeñito.

Del charco subía un canto: croac, croac. Sofía se sentó con el sombrero en las rodillas y sintió el sol tibio en la cara.