Valentía y miedosEspañol (Colombia)
El último bote
Antonia quería llegar al último bote del puerto antes de que se apagara el sol. Era exploradora, y las exploradoras tocan la campana del último bote.
Llevaba sus tenis rojos, un esfero para dibujar el mapa y una brújula de latón que brillaba como una moneda. Remaba en su botecito entre cientos de botes que se mecían en el agua, todos blancos, todos iguales.
—Mira otra vez —se dijo—. Una exploradora siempre mira otra vez.
Miró. Un bote, otro bote, otro bote. Ninguno tenía campana. El cielo se puso naranja.
De pronto pasó una sombra, ¡fru!, y la brújula desapareció de su mano. Un cuervo negro se posó en un mástil.
—¡Es mía! —gritó Antonia.
—Croac —dijo el cuervo. Soltó algo en el fondo del bote y se fue volando con la brújula.
Así son los cuervos del puerto: se llevan una cosa brillante y siempre devuelven otra. Esta vez dejó un pedacito de espejo, redondo y chiquito.
—Yo quería mi brújula, no esto —dijo Antonia.
Siguió remando. Probó con el lado derecho del puerto y no encontró nada. Probó con el izquierdo y tampoco. Gritó:
—¿Alguien tiene una campana?
Solo contestaron las gaviotas. La luz era ya una raya delgada y naranja.
Entonces Antonia sintió un cosquilleo tibio en la mano. El espejito había atrapado un rayo del sol y dibujaba un círculo de luz sobre su rodilla.
—Mira otra vez —susurró.
Inclinó el espejo despacio. El círculo de luz saltó sobre un bote, sobre otro bote, sobre otro más. Y allá, muy al fondo, algo le devolvió el destello: ¡un brillo dorado, redondo, bajo una lona!
Antonia remó con todas sus fuerzas. Apartó la lona y ahí estaba la campana, pequeña y de latón. La tocó con un dedo.
Ding.
El sol se hundió en el agua. Los botes se mecían, suaves, y el sonido de la campana siguió temblando bajo la mano de Antonia hasta quedarse quieto.