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Fabulada

Valentía y miedosEspañol de España

Girasol del rincón

—Ya voy, girasol, espera —dijo Lucía.

Lucía quiere darle las buenas noches a su girasol. Está al fondo del jardín de la azotea, y es el más alto de todos. Pero a Lucía le da miedo la oscuridad, y hoy los farolillos todavía no están encendidos. Papá se ha quedado abajo con la cena, y el jardín está oscuro.

Lucía da un paso. Otro. Las macetas parecen bultos que respiran. Se para.

—Primero cierro los ojos —piensa—. Así no veo lo oscuro.

Pero con los ojos cerrados todo es todavía más oscuro, y se choca con una regadera. ¡Clanc! Algo se mueve entre las hojas. Hace chof, chof, chof.

—¿Quién anda ahí?

Es un erizo. Va oliendo la tierra, buscando caracoles para su cena. No la mira ni un momento. Tiene mucha prisa por sus caracoles.

—Tú sí que sabes ir a oscuras —le dice Lucía.

Lo intenta cantando, pero la canción le sale tan temblona que se calla.

Entonces la luz del faro de la costa cruza el jardín y pinta la pared de rosa. Pasa de largo. Lucía cuenta sin darse cuenta: uno, dos, tres… Al llegar a diez, la luz vuelve, y ahora la pared es verde.

—¡Anda! —dice—. Cada color llega justo cuando yo cuento diez.

Eso se puede hacer. Lucía respira hondo.

—Un color, diez pasos.

Camina con la luz rosa. Camina con la luz verde. Camina con la luz azul, y el erizo la sigue un poco, chof, chof, hasta que huele un caracol y se va derecho a por él.

Y allí está el girasol, azul como el mar.

—Buenas noches —susurra Lucía.

Detrás de ella, los farolillos se encienden uno a uno, y las hojas del girasol se mecen, suaves, con un leve roce.