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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Argentina)

Los guantes de Renata

—¿Quién susurra ahí adentro? —preguntó Renata, con la oreja pegada a la puerta del placard.

Nadie contestó. Solo se oyó: «shhh, shhh, shhh».

Renata quería salir a la plaza con su campera amarilla y sus dos guantes rojos. Pero le faltaba el guante izquierdo. Mamá ya había puesto la pava en el fuego.

—Cuando hierva, nos vamos —dijo mamá desde la cocina.

Renata tenía solo ese ratito.

Golpeó la puerta con un dedo. Toc, toc. El susurro se calló. Esperó. Abrió una rendija y miró entre las remeras colgadas. Nada. Apenas cerró, volvió: «shhh, shhh, shhh».

—Vamos a probar otra cosa —se dijo.

Se sentó en el piso, quieta como una piedra, y escuchó con todo el cuerpo. Entonces notó algo. El susurro subía y bajaba, subía y bajaba. Era un canto muy bajito, como el que se canta para dormir a un bebé.

Renata empezó a susurrar igual, despacito: «shhh, shhh, shhh».

La puerta se movió. Del fondo de una bota asomó un hocico con bigotes.

—¡Achís! —estornudó el ratón.

Detrás de él, dentro de la bota, había tres ratoncitos casi dormidos. Y estaban acurrucados sobre un guante rojo.

—Ese es mi guante —dijo Renata, bajito.

—Es la cama más calentita de la casa —susurró el ratón—. Mis hijos tienen frío.

Renata pensó. Después se sacó el pompón de lana de su gorro.

—Les doy esto, que es suave como un durazno. Y vos me devolvés el guante.

El ratón lo olió, lo apretó y asintió. Con mucho cuidado, los ratoncitos rodaron hasta el pompón sin despertarse.

Renata tomó el guante, todavía tibio.

En la cocina, la pava empezó a silbar. En el placard, el canto siguió, más suave todavía: «shhh, shhh, shhh».