Valentía y miedosEspañol
Valentina y la luz del faro
Valentina quería dormir sola en su cuarto del faro, con la puerta cerrada y sin ningún miedo.
Su cuarto estaba arriba, y desde la ventana se veía toda la bahía. Cada noche, la gran luz del faro daba vueltas y pintaba las paredes de un color distinto. Nadie lo encontraba raro. Era así, y ya.
Pero esa noche la luz se apagó un ratito, mientras papá cambiaba la lámpara. El cuarto quedó negro como el fondo de un pozo.
Valentina se tapó hasta la nariz.
—Papá —susurró—. No veo nada.
—Estoy abajo con la lámpara —dijo su voz, lejos—. Vuelvo enseguida.
Valentina cerró los ojos muy fuerte. Eso no ayudó. Contó hasta diez. Tampoco ayudó. Entonces abrió los ojos y buscó su linterna debajo de la almohada, pero la linterna no encendía. Clic, clic. Nada.
Se quedó quieta. Escuchó.
Tic, tic, tic, hacía el reloj. Fuuu, hacía el viento en la ventana. Y algo más: un ronroneo suave, que venía de la silla.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
—Miau —contestó la silla.
Era Bigotes, el gato del faro. Subía cada noche a dormir en esa silla, porque ahí estaba calentito. Valentina lo sabía, pero con tanta oscuridad se le había olvidado.
Estiró la mano y encontró su pelo suave. Luego tocó la silla, la mesita, la lámpara de la mesita, el pie de la cama. Todo estaba donde siempre.
«Mi cuarto sigue aquí», pensó. «Solo que no lo veo».
Entonces la gran luz volvió. Zum, zum, zum. La pared se puso verde como una rana. Después azul. Después rosa como un chicle.
Bigotes se estiró en la silla, bostezó con todos sus dientes y se enroscó otra vez.
Valentina se acostó. Dejó la puerta cerrada y miró cómo la pared se ponía naranja, despacito, mientras el ronroneo seguía, tan cerca.