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Fabulada

Valentía y miedosEspañol (Uruguay)

Valentina y la pantufla mojada

Valentina tenía una pantufla de conejo con una sola oreja. La otra se la había comido el perro del vecino, y a ella le gustaba más así.

Esa noche empezó a llover fuerte. Valentina se quedó en la cama, abrazada a su pantufla, porque quería dormirse antes del primer trueno. Quería ser valiente y dormir sin llamar a nadie.

Pero el trueno llegó igual.

¡Bum!

Valentina se tapó hasta la nariz. Contó hasta diez. Después, hasta veinte. Nada. La lluvia seguía tamborileando en la ventana.

Entonces probó otra cosa. Se puso la almohada sobre la cabeza. Tampoco. Ahora el trueno sonaba como una puerta enorme cerrándose en el cielo.

Valentina se bajó de la cama y fue hasta la ventana. Apoyó la frente en el vidrio frío. Afuera, el patio brillaba cada vez que el cielo se encendía.

Y ahí se fijó en algo.

Después de cada relámpago, ella esperaba. Uno, dos, tres... ¡bum! Después otro relámpago. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... ¡bum! Cada vez el trueno tardaba más.

—Se está yendo —susurró.

Se quedó mirando. Cada trueno llegaba más despacito, como alguien que camina cada vez más lejos.

En eso, algo se movió abajo, en el patio. Era el perro del vecino, empapado, que había metido el hocico por el hueco de la reja. Tenía en la boca una cosa blanca y larga.

Valentina abrió los ojos grandes. ¡Era la oreja de su pantufla!

—¡Ladrón! —dijo, y se rio sin querer.

El perro dejó la oreja en el charco, estornudó y se fue trotando bajo la lluvia.

Valentina se rio otra vez. Volvió a la cama con su pantufla de una oreja. Contó: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...

El último trueno llegó tan lejos que apenas sonó. La lluvia siguió cayendo, suave, sobre el techo, y Valentina cerró los ojos.