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Fabulada
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La primera nevadaES

El manto de lana blanca

En el valle de los Pinos Altos, el aire de la tarde siempre olía a resina dulce y a tierra mojada, las hojas crujían con un susurro que parecía un secreto y las nubes siempre flotaban tan bajas que casi se podían tocar con la punta de los dedos. Allí vivía Mateo, un pequeño oso de pelaje espeso y color chocolate, que tenía la costumbre de dar tres saltitos sobre los talones cada vez que se sentía entusiasmado.

Una mañana fría, Mateo se asomó por la ventana de su madriguera y vio que el suelo del bosque se había cubierto por completo de un polvo blanco, brillante y silencioso que nunca antes había visto. Quiso salir a correr, pero al dar el primer paso, sintió que sus patas se hundían en esa alfombra helada y misteriosa, lo que le dio muchísimo miedo y lo dejó inmóvil en el umbral, con el ceño fruncido de pura frustración.

Su abuela, que batía una taza de leche caliente junto a la chimenea, lo miró con ternura y se acercó despacio.

—Tenés miedo de que el frío te atrape las patitas, ¿no es verdad, Mateo? —le dijo con voz suave, arrodillándose a su lado—. Tomá, ponete esta bufanda de lana roja que tejí para vos; no va a derretir el suelo, pero te va a recordar que siempre podés volver al calor.

Mateo apretó la bufanda contra su pecho, sintió su calorcito y, mirando la blanca inmensidad, se animó a dar un paso, luego otro, y finalmente dio sus tres saltitos de siempre, descubriendo que la nieve bailaba a su alrededor.

Al caer la tarde, el bosque lucía aún más blanco bajo la luz dorada del crepúsculo, pero ahora el frío se sentía amable y suave como un abrazo. Desde aquel día, cada vez que caía la primera nevada del invierno, Mateo era el primero en salir a pintar el camino con las huellas felices de sus patas.