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Fabulada

Español (Argentina)

El show de luces de Tomás

Tomás apilaba tres bloques rojos sobre la mesa redonda para armar la torre más alta del mundo. Faltaba muy poco para ir a dormir, y él quería poner la última pieza dorada arriba de todo sin que se cayera nada. Pero justo cuando estiraba la mano, afuera de su ventana sonó un estruendo enorme.

¡PUM!

Tomás dio un saltito y la torre de bloques se fue al suelo. Se asomó a la ventana con los ojos muy abiertos. El cielo de la noche estaba lleno de luces brillantes que explotaban como flores gigantes de colores. Había verdes, rojas y doradas.

—¡Mirá, papá, estrellitas que bailan! —gritó Tomás.

Él quería contar cuántas luces aparecían en el cielo antes de ir a la cama.

—Una, dos, tres... —empezó Tomás, pegando la nariz al vidrio frío.

Pero cada vez que contaba una luz, ¡PLAJ!, salían cinco más por otro lado. Las luces no se quedaban quietas ni un segundo. Subían chispitas amarillas por la izquierda y bajaban lluvias plateadas por la derecha. Tomás movía la cabeza para un lado y para el otro, pero se mareaba y se perdía siempre en el número cuatro. Así no se podía contar nada.

Entonces Tomás vio su campera azul colgada en la silla. Sonrió. Fue corriendo, agarró la campera y la desplegó bien grande sobre sus brazos.

—Papá, mirá, atrapé el cielo —dijo Tomás.

Cada vez que sonaba un ¡PUM! en la calle, Tomás hacía saltar su campera en el aire, como si atrapara las chispas en la tela. Si la luz era grande, sacudía la campera con fuerza; si la luz era chiquita, la movía despacito. Papá se sentó al lado y aplaudía cada vez que la campera flotaba.

El cielo se puso oscuro otra vez y los ruidos se apagaron. Tomás abrazó su campera suave, que todavía estaba calientita, y apoyó la cabeza en el hombro de su papá.