El gran camión de los canastos
En la calle de los Tilos Amarillos, el aire siempre olía a madera limpia y a sol sobre las baldosas, y lo más curioso era que las llaves de las puertas hacían un ruidito parecido al canto de un grillo cada vez que giraban en la cerradura. Allí, sentado sobre un cajón de madera todavía sin abrir, Tomás se miraba las zapatillas nuevas, sintiendo que sus medias estaban demasiado frías y que sus juguetes favoritos se habían quedado atrapados en un laberinto de cartón.
Esa tarde de mudanza, las paredes de la casa nueva parecían demasiado altas y los rincones estaban tan vacíos que hasta el menor suspiro rebotaba como un eco lejano. Tomás sentía un nudo apretado en la panza, una mezcla de timidez y de rabia silenciosa, porque su cama ahora miraba hacia una ventana diferente y el árbol del jardín no tenía la misma forma que el de antes.
Su papá, que llevaba las manos flojas y manchadas de tierra de tanto acomodar plantas, se sentó en el suelo junto a él, dejando que sus hombros cansados se relajaran.
—Tenés la mirada perdida en las baldosas, Tomás, como si buscaras el camino de regreso —dijo su papá con voz suave, sin intentar levantarlo ni apurar el desempaque—. A veces las paredes nuevas tardan un ratito en aprender nuestros nombres. Tomá, guardá esto en tu bolsillo.
Y le entregó una pequeña caracola de piedra gris, lisa y tibia por haber estado en su mano.
Tomás apretó la piedra, sintiendo su peso amigable, y caminó despacio hacia el fondo de la casa. Encontró una baldosa floja cerca de la cocina, la pisó tres veces para escuchar su crujido y, al mirar por la ventana baja, descubrió que el sol de la tarde entraba formando un camino dorado justo hasta donde iría su alfombra.
Desde aquel día, Tomás supo que las casas nuevas empiezan a ser tibias cuando uno camina descalzo por sus pasillos, y que la caracola gris siempre encontraba el mismo rincón al fondo de su bolsillo derecho.