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El granjero y los huevos de la mañana — un cuento para dormir
Emiliano quería seis huevos para el desayuno, y los quería antes de que saliera el sol.
Era granjero. Tenía una chamarra amarilla y una canasta con asa. En la casa dormía su nieta Lupita, y cuando despertara querría huevos calientes con tortillas.
Pero las gallinas de aquella granja cambiaban de nido cada noche, y nadie lo encontraba raro. Cada mañana había que buscar.
Emiliano buscó en el gallinero.
―Uno, dos, tres huevos ―contó.
Buscó en una bota vieja.
―Cuatro.
Buscó en la regadera.
―Cinco. ¡Me falta uno!
Entonces lo vio. Un huevo blanco brillaba bajo la higuera, al otro lado de la zanja. La zanja era muy ancha. Emiliano no podía cruzarla de un paso.
Estiró una pierna. Le faltó un poco.
―Uy ―dijo.
Probó a saltar. ¡Plof! Cayó con una bota en el lodo y casi se le fue la canasta.
La gallina Canela lo miraba desde la higuera. Ella estaba allí por sus semillas, nada más, y siguió picoteando.
―Cloc, cloc ―dijo, sin ayudarlo.
Emiliano se rascó la cabeza. Miró a la izquierda y miró a la derecha. Y entonces vio, tendida en la hierba, la tabla larga de la puerta del corral.
―Una tabla ―dijo―. ¡Claro!
La arrastró hasta la zanja y la puso encima, de un lado al otro. Pisó con cuidado. La tabla crujió, pero aguantó. Paso a paso, cruzó.
El huevo estaba tibio, justo bajo la higuera. Lo puso en la canasta con los otros.
―Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis ―contó.
Canela picoteó la tabla, como para probarla. Después se fue a buscar más semillas.
Emiliano volvió a la casa con la canasta bien agarrada. En la cocina rompió los huevos, uno, dos, tres, hasta seis, y cayeron en la sartén.
Tsss, hicieron. Un olor rico subió hasta el techo, y en el cuarto de al lado se oyeron unos pies descalzos que venían corriendo.