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El granjero y los huevos de la mañana — un cuento para dormir
El gallinero de la granja de los álamos tenía diez cajones de paja.
Delfina, la granjera, se puso la campera y agarró su canasto. Quería seis huevos para hacer panqueques, porque ese día cumplía años su abuelo.
En ese gallinero, cada vez que la puerta se cerraba, los cajones cambiaban de lugar. Siempre había sido así, y a nadie le parecía raro. Las gallinas ya sabían cuál era el suyo. La que tenía que buscar era Delfina.
Entró al gallinero y la puerta se cerró sola. Clac. Los cajones se mezclaron como las fichas de un juego.
—Buen día, gallinas —dijo Delfina—. Contame, ¿dónde hay un huevo?
Miró en un cajón y encontró uno, blanco y tibio. Lo puso en el canasto. Salió a buscar otro, y la puerta hizo clac. Los cajones se mezclaron otra vez. Delfina ya no sabía cuáles había mirado.
Probó de nuevo. Miró, sacó, salió. Clac. Cajones mezclados. Otra vez revisó uno que ya estaba vacío.
—Así no termino nunca —suspiró.
Se quedó quieta y escuchó. Clac, la puerta. Clac, clac, siempre la puerta. Entonces miró su bota.
Se sacó una bota y la puso en la rendija, para que la puerta no pudiera cerrarse. Esperó un momento. Los cajones se quedaron quietos, uno al lado del otro.
Delfina fue de cajón en cajón, con un pie con bota y el otro con media. La paja le hacía cosquillas en los dedos. Encontró un huevo, y otro, y otro más.
El último cajón era el de Manchita, que no se movió.
—Clo, clo, clo —dijo Manchita. Quería estar calentita sobre lo suyo.
Delfina levantó un poquito sus plumas. Debajo había dos huevos y uno chiquito, redondo como una uva, que rodó hasta el canasto.
—Ese es de regalo —se rio Delfina.
Se calzó la bota, con la puerta abierta de par en par. En el canasto había seis huevos tibios, y el sol de la mañana entraba despacito entre la paja.