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Fabulada
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el popoES

El gigante de ceniza y nubes

En el valle donde el viento siempre olía a pino mojado y a tierra tibia, la luz del sol jugaba a pintar de dorado las laderas de una montaña inmensa, tan alta que su cumbre siempre estaba tapada por un sombrero de neblina blanca y espesa. Lo más extraño de aquel lugar era que la gran montaña, a la que todos llamaban el Popo, a veces roncaba bajito durante las siestas, haciendo vibrar suavemente las tazas de té sobre las mesas. Allí vivía un niño llamado Noah, que tenía la sana costumbre de llevar siempre un bolsillo lleno de piedritas brillantes que juntaba del río.

Una mañana de viento frío, Noah salió al patio con su libreta de dibujos para retratar al gran gigante, pero el sombrero de nubes del Popo estaba más bajo y gris que de costumbre. Por más que el niño estiraba el cuello y cambiaba de lápiz, no lograba ver la cima de la montaña, y un sentimiento de fastidio, espeso como la misma niebla, se le instaló en el pecho al no poder terminar su dibujo.

Su abuelo, que tallaba un trozo de madera en el banco de la entrada, lo miró de reojo y sopló las virutas doradas que caían sobre sus rodillas.

—Veo que tenés la mirada nublada y andás con el ceño fruncido, Noah —le dijo con voz pausada—. Cuando el Popo se tapa, no hay fuerza en el mundo que lo descubra antes de tiempo; tomá, ayudame a lijar esta madera suave mientras el viento hace su trabajo.

Noah se sentó junto a él, resopló, y empezó a pasar la lija sintiendo el calorcito de la madera bajo sus manos. Poco a poco, el enojo se le fue yendo por los dedos. Al rato, sopló un aire nuevo y fuerte que desparramó la niebla, dejando al descubierto la cumbre del Popo, que esta vez coronaba el cielo con una hermosa y blanca fumarola de vapor.

Esa tarde, el valle se tiñó de un rosa suave y el gran monte pareció despedir el día con un ronquido especialmente dulce. Desde aquel día, cada vez que la montaña se escondía, Noah buscaba sus lápices y dibujaba lo que imaginaba que pasaba detrás de las nubes, sabiendo que el gigante siempre volvía a saludar.