Muñeco que se llama auto rojo — un cuento para dormir
En el rincón más tibio de la estantería de los juguetes, donde la luz del sol de la tarde siempre pintaba un caminito de dorado y se sentía el aroma dulce de los membrillos del jardín, ocurría algo muy particular: las pelusas del suelo a veces bailaban solas si nadie las miraba. Allí vivía un muñeco de trapo llamado Auto Rojo. Aunque estaba hecho de pana suave y lana tejida, y tenía piernas largas que colgaban del estante, su corazón de algodón latía con el motor de un bólido de carreras, y por eso todos lo llamaban así.
Una tarde de otoño, un viento fuerte entró por la ventana abierta y tiró al piso una enorme pila de revistas que bloqueó por completo el camino hacia la alfombra de juegos. Auto Rojo, que adoraba deslizarse por la rampa de madera para sentir el viento en sus hilos, se sentó en el borde del estante con las costuras tensas y los ojos de botón fijos en el obstáculo, sintiendo una enorme frustración que le encogía los brazos de lana.
Su amiga Sofía, una osita de felpa que cosía un botón en su propio chaleco, lo miró con simpatía y le dijo:
—Veo que tenés mucha rabia en los hilos porque no podés tirarte por la rampa, Auto Rojo. El camino está difícil hoy. Tomá, guardate este cascabel dorado en el bolsillo; a mí siempre me hace sentir mejor el ruido que hace cuando lo sacudo.
Auto Rojo apretó el cascabel entre sus manos de trapo. No quitó los obstáculos, pero el tintineo suave lo ayudó a respirar hondo. Se descolgó despacio del estante, caminó con paso firme y, usando sus largas piernas tejidas, empezó a trepar la montaña de revistas como si fuera una duna de arena, descubriendo que jugar a los exploradores era igual de divertido.
Al caer la tarde, el sol se retiró lentamente detrás de la cerca del jardín, dejando la habitación en una penumbra tibia y pacífica. Desde ese día, Auto Rojo supo que, aunque el camino se llene de baches, siempre hay una forma nueva de rodar.