El duende gael — un cuento para dormir
En el Bosque de los Helechos Azules, donde el viento siempre huele a tierra húmeda y las hojas crujen con un susurro que parece un secreto, los senderos de piedra tienen la extraña costumbre de cambiar de lugar cuando nadie los mira. Allí vivía el duende Gael, un ser pequeñito que siempre llevaba un cascabel de plata cosido a la punta de su gorro verde para no perderse en la espesura.
Una tarde de otoño, Gael decidió salir a buscar las últimas nueces doradas de la temporada. Sin embargo, al llegar al gran roble, descubrió que las ramas bajas estaban vacías y las más cargadas quedaban demasiado altas, ocultas tras un espeso muro de hiedra que él no podía trepar. Gael sintió una mezcla de frustración e impaciencia que le entibió las mejillas; por más que saltaba estirando sus bracitos, las nueces seguían fuera de su alcance.
La ardilla Úrsula, que pasaba por allí con una canasta bajo el brazo, se detuvo a observarlo y se sentó sobre una raíz.
—Veo que tenés rabia en los ojos, Gael, porque ese muro de hiedra es muy testarudo —dijo Úrsula con voz suave, sin intentar trepar por él—. Tomá, comé un pedacito de este pan de higo que horneé esta mañana mientras pensás qué hacer.
Gael masticó el pan dulce, sintiendo cómo el enojo se le pasaba despacito por la garganta. Al mirar la hiedra con más calma, notó que las ramas de un arbusto vecino servían de escalera natural. Con cuidado, subió paso a paso y logró estirar la mano hasta alcanzar las nueces.
Al regresar a casa, el viento del bosque soplaba más tibio y el cascabel de su gorro cantaba con un tintineo alegre y constante. Desde esa tarde, Gael supo que cuando el camino se ponía difícil, un momento de silencio y un bocado dulce eran suficientes para encontrar una nueva forma de subir.