Cuerpo y sentidosEspañol de México
Un estornudo muy fuerte
Daniela tenía un estornudo tan fuerte que movía las cortinas del cuarto de al lado.
Esa tarde llevaba en las manos un diente de león, con todas sus semillitas blancas. Quería plantarlas en el jardín antes de que se hiciera de noche. Así, en primavera, habría cientos de flores amarillas.
Pero el jardín quedaba del otro lado del taller de su abuelo. El taller estaba lleno de cosas a medias: un barco sin velas, una lámpara sin foco, un pájaro de madera sin una pata. Por todas partes había aserrín.
Abuelo buscaba su destornillador debajo de una caja y ni la miró.
—Voy por el atajo —dijo Daniela.
Se metió entre las cajas. El aserrín le hizo cosquillas en la nariz.
—Aguanta, Daniela, aguanta —se dijo.
Se pellizcó la nariz con dos dedos y siguió caminando. Dobló junto al barco. Dobló junto a la lámpara. Pasó otra vez junto al pájaro cojo. Y llegó a una mesa con un hueco enorme al lado, demasiado ancho para cruzarlo de un paso.
—Aguanta, Daniela, aguanta.
Daniela miró hacia abajo. En el piso del taller había huellas de zapatos que brillaban un poquito. En ese mundo, las huellas brillan una hora y luego se apagan. Eran las suyas. Daban una vuelta y otra vuelta, y se cruzaban entre sí.
—¡Yo ya pasé por aquí! —dijo—. El atajo es el camino más largo.
Entonces siguió las huellas brillantes hacia atrás, paso a paso, hasta la puerta grande. Allí no había hueco ni cajas, solo el jardín, y el cielo ya color naranja.
Pero la nariz ya no aguantó más.
—¡Achís!
Las semillitas salieron volando por la puerta. También se fue volando el sombrero de Abuelo, que apareció justo detrás de ella. Las semillas flotaron sobre el pasto como lucecitas, y el sombrero aterrizó encima de un tomatero.
—Ahí estaba mi destornillador —dijo Abuelo, que lo tenía dentro del sombrero.
Daniela se rio, y las últimas semillas bajaron despacito a la tierra.