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Fabulada

Valentía y miedosEspañol de México

Una tormenta en la noche

—¡Ya no suena el trueno, Panecito! —dijo Regina, y se asomó por la ventana de la panadería.

Panecito era el gato de la panadería, gordo y color de pan tostado. Estaba dormido sobre un costal de harina.

Regina vivía arriba de la panadería con su abuela. Esa noche quería una sola cosa: dormirse. Pero afuera llovía fuerte, y cada vez que tronaba, la ventana temblaba: ¡pum, pum!

—Voy a contar los truenos —dijo Regina—. Así me dará sueño.

Contó uno. Contó dos. Se perdió en el tres, porque el trueno llegó antes de tiempo.

Entonces bajó por la escalera, de puntitas. En la panadería olía a pan que crece, calientito. Ahí abajo no se oía tanto la tormenta.

Pero Panecito no estaba en su costal.

—¿Panecito? —susurró.

Se oyó un miau chiquito, que venía del horno grande. Regina se agachó. Panecito estaba dentro del horno apagado, hecho una bolita.

—Sal de ahí, gato —dijo ella—. Tienes harina en la cola.

Panecito no salió. Regina probó con el cuenco de leche. Nada. Probó con su voz más dulce. Nada. Panecito solo apretó los ojos cuando tronó.

Regina se quedó pensando. Luego miró la masa que descansaba en la mesa, bajo un trapo blanco. Se movía despacito, subía y bajaba, como si respirara.

—Ah —dijo—. Ya sé.

Se metió con él en el horno, y se llevó el trapo de la masa como cobija. Se acurrucó junto a Panecito y le puso la mano en la espalda. Respiró lento, lento, igual que la masa.

Afuera tronó. Panecito ronroneó más fuerte que el trueno.

Rrrrr, rrrrr.

Regina contó uno. Contó dos. Y mientras la lluvia tamborileaba en el techo, la masa subía y bajaba bajo el trapo, y el ronroneo de Panecito la acompañaba.