Valentía y miedosEspañol (Colombia)
Miedo a la oscuridad — un cuento para dormir
Los pasillos de la casa de Camilo eran largos, y de noche se ponían muy oscuros.
Camilo tenía cinco años y le tenía miedo a la oscuridad. No sabía qué había adentro, y por eso no le gustaba. Pero esa noche quería una sola cosa: ir a buscar su vaso de agua a la cocina, solito, como su hermana grande.
Puso los pies en el piso frío y miró el pasillo. Estaba oscuro, oscuro como adentro de una bota.
—Voy despacito —susurró.
Dio un paso. Dos pasos. Algo grande y negro se movía en la pared.
—¡Ay! —dijo, y volvió corriendo a la cama.
Se tapó hasta la nariz. Pero tenía mucha sed.
Entonces se acordó de la linterna del cajón. La buscó con la mano y la prendió. Clic.
La luz era chiquita y amarilla. Camilo salió otra vez, con la linterna bien apretada.
—Voy despacito —repitió.
En la pared, la cosa grande y negra se movió de nuevo. Camilo levantó la linterna. La cosa se movió hacia arriba. Bajó la linterna. La cosa bajó también.
Camilo se quedó quieto. La cosa se quedó quieta.
Movió la mano. La cosa movió una oreja larguísima.
—¡Eres mi sombra! —dijo, y soltó una risita—. ¡Tienes orejas de conejo!
Hizo un pico con los dedos, y la sombra abrió la boca como un cocodrilo. Hizo un pájaro, y el pájaro voló por el techo.
Camilo caminó por el pasillo con su sombra al lado. Llegó a la cocina, se sirvió el agua y se la tomó toda, glu, glu, glu.
Volvió despacito a su cuarto y apagó la linterna. La oscuridad llegó otra vez, pero ahora Camilo sabía que su sombra seguía ahí, dormida.
En la ventana, la luna dejó una raya blanca sobre la cobija. Camilo levantó la mano dentro de la raya, y una orejita de conejo se asomó, muy suave, sobre la pared. Cerró los ojos.