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La primera nevada
Emiliano quería ser el primero en pisar la nieve del patio.
Se despertó y la ventana estaba blanca. Se puso la chamarra encima de la piyama y corrió a la puerta del patio. La mecedora de la sala se movía solita, como cada vez que el abuelo se sentaba en ella. Nadie lo encontraba raro.
Emiliano empujó la puerta. Nada.
Esa puerta solo abría desde afuera. Siempre había sido así.
—¡Abuelo! —llamó.
—Estoy en la cocina con mi café —dijo el abuelo—. ¡Tú puedes, Emiliano!
Emiliano empujó más fuerte. Después tiró hacia él. Después se sentó en el piso y pensó. Tenía muchas ganas y ninguna idea.
Entonces oyó un rasguño. Rasc, rasc, rasc. Venía de abajo, de la puertecita chica por donde entraba el gato.
—¿Pan?
Pan, el gato, maullaba afuera. Tenía las patitas heladas y quería entrar a su plato de comida. Ese era su único plan, y no pensaba ayudar a nadie.
Emiliano miró la puertecita. Era chica, pero él también.
—Tú pasa por aquí, y yo paso por allá —dijo.
Se acostó boca abajo y metió la cabeza. Metió un brazo. Metió la chamarra, que se atoró en los hombros. Empujó con las puntas de los pies.
¡Plop!
Salió disparado al patio y cayó de panza sobre la nieve. Pan pasó junto a él, muy digno, y se metió a la casa.
Emiliano se quedó quieto. Algo frío le cosquilleaba en la nariz. Se levantó despacio.
En la nieve quedó un hueco con forma de niño, y al lado, un caminito de huellas diminutas que iban hacia la puerta.
—Pan llegó antes que yo —se rio.
Dio un paso. Crac. Dio otro. Crac.
Todo el patio estaba callado y blanco, y las pisadas de Emiliano sonaban crac, crac, como galletas.