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el zorro y la escobaES

El zorro y la escoba — un cuento para dormir

El viento soplaba suave afuera, pero adentro de la cabaña el aire olía a té de hojas secas y a leña tibia. Cora, una zorrita de pelaje espeso y patas oscuras, barría las agujas de pino que habían entrado por debajo de la puerta principal. El suelo de madera crujía bajo sus garras, y cada vez que pasaba cerca de la escalera del sótano, el escalón del medio vibraba con un zumbido grave y dulce, como el ronroneo de un gato gigante que dormía bajo las tablas. Aquel zumbido era la música de la casa, constante y tranquila en el atardecer.

Cora miraba de reojo la repisa alta que quedaba justo en el hueco estrecho entre la chimenea de ladrillo y la tubería del agua caliente. Allí arriba, brillando bajo la luz dorada, estaba el dedalito de plata de su abuela, perdido hacía semanas. Hoy tenía que alcanzarlo porque la costura del invierno no podía esperar más.

El único problema era la escoba. En esa casa, las cosas de la cocina tenían sus propias costumbres, y la escoba odiaba alejarse de la chimenea; si alguien intentaba llevarla más allá del límite del fuego, se volvía pesada como un tronco de roble húmedo. Cora lo sabía, pero estiró sus patitas delanteras y la levantó en el aire, apuntando con el mango hacia el dedalito. Al segundo paso, la escoba pareció llenarse de plomo. El mango se inclinó hacia abajo con una fuerza tremenda, arrastrando a la zorrita hacia el suelo. El primer intento solo le costó un raspón en la pata y un suspiro de frustración.

—No seas caprichosa —le susurró Cora a la madera, pero la escoba se quedó inmóvil, pegada a las baldosas del hogar.

Para el segundo intento, Cora decidió ganar altura usando la escalera del sótano. Subió dos peldaños, sintiendo el zumbido reconfortante del escalón del medio bajo sus garras traseras. Desde allí, estirando mucho el cuerpo, intentó balancear la pesada escoba como si fuera una caña de pescar. Pero el peso del objeto la venció de golpe. Cora resbaló, la escoba cayó con un ruido seco contra el piso y ella terminó sentada en el suelo, con el hombro dolorido y las orejas gachas. El dedalito seguía intacto, parpadeando en la altura, completamente inalcanzable.

Tomás, un tejón viejo que cebaba mate en un rincón de la cocina, la miró en silencio durante un largo rato. Se levantó despacio, arrastrando sus patas pesadas, y se acercó a la escalera. Miró la escoba tirada, luego miró el hombro sacudido de la zorrita y finalmente la repisa.

—Che, Cora, se nota que tenés muchas ganas de recuperar ese dedalito —dijo el tejón con voz pausada, sentándose en el escalón que zumbaba—. Mirá cómo te quedó el codo por andar apurada.

Cora se limpió el polvo de la frente con el dorso de la mano.

—Es que la escoba no me deja, Tomás —contestó ella, con la voz un poco apretada—. Se pone pesada a propósito.

El viejo tejón asintió con la cabeza, mirando de costado la tubería caliente.

—Las herramientas no piensan como nosotros, pero conocen su lugar —dijo Tomás, dándole un empujoncito suave a un banquito de madera de tres patas que estaba arrinconado—. A veces, si no podés levantar la herramienta, tenés que levantarte vos. Traé el banquito, subite despacio y usá esta ramita de sauce que está seca.

Cora miró la rama de sauce que Tomás le ofrecía. No pesaba nada. Colocó el banquito de tres patas con cuidado, se subió con firmeza y, estirando el brazo sin el esfuerzo de cargar con la escoba rebelde, empujó suavemente el dedalito de plata. El objeto resbaló por el borde de la repisa y cayó directamente en sus manos abiertas, frío y brillante.

La tormenta comenzó a golpear los vidrios con un repiqueteo constante y tibio. El tejón sopló el té caliente en su taza, mientras el fuego de la chimenea chisporroteaba con un sonido amigable. Cora se sentó al lado de Tomás en el escalón del medio, sintiendo la vibración suave del suelo bajo sus cuerpos, una vibración que subía por sus patas y les templaba el pecho después del esfuerzo de la tarde.

El olor a tierra mojada entró por las rendijas de la ventana, mezclándose con el calor de los ladrillos. Cora apoyó la cabeza contra el hombro lanudo de Tomás, y el tejón inclinó la suya, uniendo sus frentes con un gesto suave de cariño, mientras la lluvia seguía cantando afuera y el dedalito descansaba seguro en su bolsillo.