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un farol que se enciende con secretosES

Un farol que se enciende con secretos — un cuento para dormir

Ciro pasaba la manga de su pulóver de lana sobre el vidrio grueso del farolito, quitando la sal del río que se pegaba a las maderas del muelle. El sol ya era una línea delgada y naranja sobre el agua, y el viento frío le soplaba en la cara, trayendo el olor a hojas húmedas. El agua golpeaba las maderas del muelle con un sonido rítmico, un chistido suave que subía y bajaba. Ciro necesitaba que el farolito brillara esta noche, más que ninguna otra, porque Tana tenía que cruzar el puente de tablas antes de que la oscuridad fuera completa. Se habían peleado a la tarde por un bote de papel y ella se había ido al otro lado del arroyo sin despedirse.

En ese muelle, los faroles no usaban aceite común. Solo se encendían cuando alguien les confiaba un secreto de verdad al oído, un secreto guardado en el pecho que nadie más sabía. La luz brillaba con la fuerza de la verdad revelada, limpia y constante, hasta que el secreto se hacía público.

Ciro apoyó los labios contra la rejilla de bronce del farolito.

—A veces me da un poco de miedo la oscuridad del monte —susurró, esperando el calor de la llama.

El farolito hizo un ruidito, una chispa débil que se ahogó enseguida en el vidrio frío. No funcionó. Ciro suspiró, sabiendo que eso no era un secreto de verdad; todos en el muelle sabían que le temía a las sombras del monte. Su mentira piadosa solo había gastado la última chispa de la piedra de encendido.

Buscó entonces la llavecita de bronce que guardaba en el hueco oscuro, justo debajo del último escalón del muelle, para abrir la tapita y acomodar la mecha con la mano. Estiró los dedos en el cubilete de madera, pero la sombra del sauce viejo era demasiado larga a esta hora y tapaba todo el rincón, impidiéndole ver el fondo del escondite. Tanteó a ciegas, raspándose las uñas contra la madera húmeda, pero la llavecita no aparecía y el cielo se volvía de un azul cada vez más cerrado.

Un pequeño cangrejo de río, gris y con pinzas brillantes, salió lentamente de una grieta de la madera, caminando de costado sobre el borde del escalón. Miró a Ciro con sus ojos redondos como dos cuentas de vidrio negro.

—Tenés los ojos llenos de agua, Ciro —dijo el cangrejo con una voz que sonaba a piedritas chocando bajo el agua—. Estás muy asustado por tu vecina, ¿no?

Ciro se sentó sobre sus talones en las tablas húmedas y dejó caer los brazos.

—Ella se fue enojada conmigo —dijo Ciro, sintiendo un nudo tibio en la garganta—. Pensé que si le encendía el camino, vería que lo lamento. Pero no me quedan secretos de los buenos, de los que hacen luz.

El cangrejo caminó un paso más hacia el farolito, bajó por el costado del escalón y, usando su pinza pequeña, empujó la llavecita de bronce que se había deslizado detrás de una raíz húmeda. Ciro la tomó con los dedos fríos y abrió la portezuela del farolito.

Miró el vidrio, luego miró el camino oscuro del puente y finalmente se inclinó tanto que su respiración empañó el bronce.

—La verdad es que yo rompí su bote de papel a propósito porque quería que se quedara a jugar conmigo —susurró Ciro al interior del farolito, muy despacio, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza.

La mecha del farolito soltó un chasquido alegre y una luz dorada, redonda y abrigada, brotó del vidrio, iluminando las maderas viejas y el agua del río. Tana ya estaba del otro lado del puente, con sus botas de lluvia amarillas, mirando el brillo que cruzaba el camino.

Ciro se sentó en el borde, con las piernas colgando hacia el agua, mientras la luz del farolito pintaba un camino de oro sobre el río quieto y la luna subía, redonda y de plata, detrás de la copa del sauce.